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Mostrando las entradas etiquetadas como Mamá

Una mamá venezolana

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Cada vez son más los casos de venezolanos que vienen a vivir a México. En estos días llegaron unos buenos amigos. Sus hijos son amigos de los míos y cuando se lo dije a mi hija mayor me preguntó ¿Ellos se vienen por trabajo o se viene por Maduro? Todavía no dan por sentado que la gente se va de Venezuela por la situación política. Mientras vivimos allá jugábamos a La vida es bella. No porque yo crea que las burbujas son la mejor estrategia de crianza, sino porque la realidad de Venezuela es tan dura y tan compleja que me parece que la para la niñez son una necesidad y una urgencia. Y no me arrepiento, porque jamás han sentido que Venezuela es un lugar hostil, del que huimos, sino que sueñan con volver y piensan en él con amor. Así mi trabajo de mamá también implica desarrollarles el sentido de pertenencia. Ese es uno de los retos de una mamá venezolana. No quiero hablar de las mamás migrantes, emigrantes, de las que se quedaron. Sí, nuestras realidades, conte...

La Tarea

Si tienes un hijo en edad de escuela. Sea pre-escolar o bachillerato entonces ya sabes lo que es el infierno de la tarea. Están llegando del colegio, tiran los bultos, y uno lo primero que hace es abrirlo para ver qué hay adentro. Empieza una batalla. Primero uno lucha con uno mismo, después con ellos. Que si la haces ya. Que si descansas un rato. Que si no hay televisión. Que si no hay vecinos, ni amigos, ni deportes, ni meriendas, ni dulces, ni nada que te guste, no hay mañana ni otro día hasta que no te sientes y hagas la tarea. Claro, no pensamos que llevan ocho horas de colegio. Que están cansados, que están hartos, fundidos. A ver, vamos a ponernos en su lugar: Es como que llegues del trabajo y tu jefe te mande un mail y te diga, no pero esto es para que me lo hagas ya. Me cierras el Facebook, no te pongas a bajar True Detective, nada de chat de los amigos, ni club de lectura, cancela el manicure, olvídate de preparar la cena o bajar al perro, bañarte, lo siento, cuando term...

Sin pedir nada a cambio

Finalmente llega el plato que tienes esperando más de cuarenta minutos. Te morías de hambre, querías tomarte algo, pero como estás con tus hijos tampoco es que te puedes meter en la botella, pero si te vuelves a servir antes de que te traigan la comida vas a terminar diciéndoles ¡quédate quieto! con palabras arrastradas. La típica orden del que no tiene ni idea, o esperanzas fútiles, porque después de varios años de práctica ya sabes que decirle a un niño ¡Quédate quieto! es como ir a la playa y decirle al mar, mira te podrías tranquilizar un rato para yo meterme, es que prefiero un plan tipo piscina pero me da asco el cloro. No sirve. Cuando por fin llega tu plato y estás saboreando el quinto o sexto bocado salen de la boca de tu querubín las palabras que hacen que las tetas se te metan de nuevo dentro de tu pecho: pipí. Entonces te tienes que parar, lidiar con un niño pequeño en un baño público, “no toques nada, no te sientes, no mires a la señora, no hagas ruido, apúrate”. El ...

Resoluciones de año nuevo

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No soy mucho de las típicas resoluciones de año nuevo. Ya me he dado cuenta que ese “voy a comer mejor a partir de enero” no me funciona, y todavía tengo por ahí la factura del gimnasio al que nunca fui. Y sí, yo traté, pero la verdad a estas alturas de la vida, aunque sé que puedo organizar mejor ciertas cosas no creo que yo vaya a ser una persona más ordenada. En general mis resoluciones de año nuevo y la forma como planifico el año tienen que ver más bien con revisar mi filosofía de vida. Hace no mucho fui a una de estas clases de no sé qué disciplina que mezcla pilates, con tai-chi, con yoga, con meditación, con reiki, y el profesor lo primero que hizo fue pedirnos que nos paráramos con los pies juntos, manos a los lados, cabeza erguida y ojos cerrados y tratáramos de sentir como estaba el balance de nuestro cuerpo. Era un ejercicio de equilibrio, la idea era repetirlo al final de la clase para que vieras que ese balance estaba mucho mejor. Yo cerré los ojos. Comencé a...